Y no es coña | Carlos Gil

Las huellas de la obsesión

Para cuando nos volvamos a encontrar en esta esquina habré cumplido un año más. Habrá transcurrido simplemente una semana, pero en mi mochila pesará un dígito más que me hace pensar realmente en la madurez, en el sentido de que ya estoy perfectamente dispuesto a caerme del árbol o a que alguien me retire antes de que empiece a estar demasiado resentido. Se notan huellas de la vida, del paso del tiempo, pero sobre todo yo noto las huellas de una obsesión: el teatro, las artes escénicas, como manera de estar en la vida, desviviéndose por ello y, a veces, hasta viviendo, en términos económicos, de alguna actividad relacionada con las artes escénicas.

 

Me relaciono con multitud de personas que viven del teatro, dignamente, aportando su profesionalidad, disposición, tiempo y talento, pero con las pocas que logro entablar algo más que conversaciones amables, en la mayoría de las veces, laudatorias, reconociendo sus labores y sus obras, son aquellas personas que noto que viven para el teatro, la danza, la poesía o la música. No hace falta presentarnos, ni mostrar ninguna tarjeta, nos olemos de lejos, nos reconocemos por una mirada tan ingenua como comprometida, por una actitud tan generosa como restrictiva, tan amplia como exigente. Y no hablamos nunca de otra cosa que del sonido de la lluvia sobre una techumbre deficiente cuando una actriz consigue que las neuronas espejo formen una panorámica entre ella y quienes sentimos su fuerza interpretativa. 

Generalmente vamos disfrazados, a veces como artistas de postín en series televisivas, otras como gestoras de espacios convencionales, los hay, incluso, que tienen cargos políticos o que ejercen en la docencia con decencia. Todos estos son los menos, pero son nuestros infiltrados en el sistema. Los que formamos las tropas invisibles llevamos siempre algún desaliño indumentario que nos hace siempre ser señalados en las reuniones de los que están haciendo teatro con una distancia sideral, como si fuera una obligación y no una manera, la única manera, de alterar la conciencia de la propia existencia de los que comulgan en el mismo espacio, en el mismo tiempo, viendo, escuchando, recibiendo ondas magnéticas en forma de luz, palabra, movimiento y sensibilidad para la transformación de la realidad en un suspiro de vida, no en un documento notarial o en la redacción de escuela primaria sobre la abuela.

Rozando el arte, danzando alrededor de la excelencia desde la tierra, desde las conexiones con los elementos básicos. Sabiendo que somos tumores, benignos en la mayoría de las veces, en un cuerpo teatral institucionalizado, subvencionado, repartido como terrenos o ganaderías entre unos cuantos, pero que también nos necesitan de vez en cuando, para que no se les caiga la cara de vergüenza, aunque sea una de sus ausencias más visibles en sus provisiones de serie. 

Uso el plural, me incluyo, puedo ser incluso el apóstata de esta evanescencia, ya que pasados los setenta empieza a sentirse la levedad de la intolerancia, tanto la sufrida, como la ejercida, y si algo parece vislumbrarse en el horizonte, a campo abierto, es que la Cultura o se entiende como un Bien Comunitario, o solamente será un adorno, una excusa, un entretenimiento dosificado. Por eso me alineo con las almas libres, libertarias, los que no tienen una idea ni teoría general del arte, ni atienden a una moda o una tendencia circunstancial. Son quienes han bebido de todas las teorías del siglo pasado, quienes han experimentado, han crecido dentro de un ecosistema estético y ético, quienes están haciendo teatro desde la más absoluta indefensión frente a los tiburones disfrazados de colegas iluminados. Yo estaré siempre al lado de quienes están abocadas a poner por delante un verso antes que un Bizum.

Llamadme tonto, que lo soy; llamadme gilipollas, que lo soy. Llamadme mediocre, porque formo parte de esta especie tan utilitaria. Yo me callo cómo os llamo a muchos de vosotros. Pero os lo podéis imaginar.

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