Foro fugaz | Enrique Atonal

Una noche en la Ópera

La Ópera de París, oh, ¡La Ópera de París! Con su compañía de ballet reconocida internacionalmente, que compite con el Bolshoi de Moscú, ejemplo europeo con su exigente escuela de formación, y sus fastuosos espectáculos. Pero antes de entrar en la sala, avancemos primero a su tradicional sede, que es como una fotografía de guía turística, un poema arquitectónico.

 

El Palais Garnier (1875), majestad y belleza, es lo que encontramos al final de la Avenida de la Ópera, una reliquia artística mayor, uno de los sitios indispensables cuando se visita la capital francesa. Mucho talento se inscribe en este imponente edificio, desde la entrada hasta la sala, desde sus marmóreas escaleras hasta el foyer de rotunda belleza. Entrar al Palacio Garnier es toda una experiencia. Eso lo saben los que organizan visitas guiadas sólo para conocer esta obra del arquitecto Charles Garnier. 

Pero ese es el cascarón, hay que ver el contenido de la programación, lo que ofrece como espectáculo, que es el aliento, la respiración de este palacio; y el contenido en esta ocasión fue la obra “Play” de Alexander Ekman, un coreógrafo sueco que se ha impuesto en el competido mundo de la danza europea. “Play” o la remembranza de la inocencia cuando el juego era nuestro horizonte vespertino. Rememorando al clásico podríamos decir que toda la vida es ‘juego’… Jugar es soñar y eso lo recuerda Ekman con la compañía de la ópera, 36 bailarines en escena. El juego como antesala del placer, principio universal de la danza, edad soñada de una tarde sin fin. Una coreografía especialmente concebida para la Ópera de París, estrenada en diciembre de 2017, temporada que la malhadada pandemia fracturó, y que ahora regresa al escenario con el ímpetu del estreno.   

La coreografía de Ekman está dividida en dos actos, dos colores, dos momentos de la vida. El blanco de la inocencia en donde se juega por el placer de estar en escena, la sensación de plenitud que nos otorga el contacto de los cuerpos, sus conflictos gozosos, sus anhelos y confusiones… Aquí la compañía se comporta como un ente que vibra al son de sus propios sonidos, animada por la soltura de sus cuerpos; la música es sensual, el ambiente fraterno, la luz franca. Los bailarines recuerdan (así lo creo) el momento en que decidieron expresar su talento a través del movimiento. Esa flama que la rutina y las frustraciones pueden apagar.  

La segunda parte es el gris-negro de los sueños desaparecidos, de las horas de oficina, del ritual mecanizado, de los jefes y sus subordinados. Fin del recreo, la vida es seriedad y repetición mecánica. La sala de juego se convierte en un pantano que devora toda posibilidad de diversión. Pero los bailarines son sobrios, asumen esa realidad sin dramas expresionistas, como verdaderos empleados de banco abocados a tareas inútiles. Un submundo que la música y el movimiento pueden salvar porque como lo recuerda una de sus secuencias, a pesar de todo, El universo es fundamentalmente lúdico. Y en el acto de jugar, el coreógrafo involucra a toda la sala con unos globos blancos gigantes que invitan a los espectadores a participar en el ritual, en la música, en la danza. Y los espectadores respondemos con brío y placer: ¡Qué momento espectacular!

Bailar es vivir, en el movimiento rítmico hay disciplina, emotividad, goce. Perder esta noción es perder la flama que nos ayuda a seguir adelante. Somos los bailarines de nuestra existencia, de nosotros depende que no se convierta en una coreografía muerta. Estos principios me los recordó ‘Play’ la coreografía de Alexander Ekman presentada con el cuerpo de ballet de la Ópera de París.  

París, octubre 2021   

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