Y no es coña | Carlos Gil

CARLOS GIL ZAMORA (Barcelona, 1950) Estudió Interpretación y dirección en la Escola D’Art Dramatic Adriá Gual, hizo los cursos de Diplomatura en Ciencias Dramáticas en el Instituto del Teatro de Barcelona y estudió dramaturgia y guión de cine en la Escola d’Estudis Artistics de L’Hospitalet de Llobregat. Ha dirigido más de una veintena de espectáculos, con obras de Dario Fo, Ignacio Amestoy, Joan Manuel Gisbert, Luis Matilla, Patxi Larrainzar, Jorge Díaz, Oswaldo Dragún o Heinrich von Kleist, entre otros. Ha actuado en numerosas obras de autores como O’Casey, José Zorrilla, Miguel Alcaraz, o Elmer Rice, bajo la dirección de Ventura Pons, Josep Montanyés o Ricard Salvat. Ha escrito diversos textos y ha producido una decena de espectáculos para compañías como Akelarre, Teatro Geroa o Teatro Gasteiz. Fue miembro de la Asamblea d’actors y directors de Barcelona que organizaron el Grec en los años 1976-1977 y coordinó las ediciones de 1980-81 del Festival Internacional de Teatro de Vitoria-Gasteiz. Desde 1982 ejerce la crítica teatral en diversos medios de comunicación del País Vasco, y desde 1997 dirige la revista ARTEZ de las Artes Escénicas. Ha colaborado con varias revistas especializadas, ha impartido diversos cursos y talleres y ha participado como ponente en multitud de congresos, encuentros y debates, además de realizar las crónicas de multitud de ferias, festivales, muestras, jornadas y eventos por todo el mundo.

 

  • Acabo de llegar de los actos de proclamación del ganador del Premi Born de Teatre en su XLVI edición que organiza una entidad privada, de gran arraigo en Ciutadella como es el Cercle Artístic, y que ha sido ganado por el dramaturgo y director murciano Luis Manuel Soriano Ochando con la obra titulada “El desmoronamiento de la ternura”, y según nota de la organización: “El jurado valora el planteamiento complejo que el autor hace de un tema como el duelo, el cual retrata desde el caos y el exceso como forma de escapismo delante de la realidad de la muerte. También, el enfoque hacia una generación joven de público, con un tipo de escritura fresco y novedoso. Se valora muy positivamente tanto el inicio como el final de la obra, y la capacidad de ésta para apelar al sentimiento de ternura, a la vez que consigue darle una dimensión irónica”. 

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  • Para cuando nos volvamos a encontrar en esta esquina habré cumplido un año más. Habrá transcurrido simplemente una semana, pero en mi mochila pesará un dígito más que me hace pensar realmente en la madurez, en el sentido de que ya estoy perfectamente dispuesto a caerme del árbol o a que alguien me retire antes de que empiece a estar demasiado resentido. Se notan huellas de la vida, del paso del tiempo, pero sobre todo yo noto las huellas de una obsesión: el teatro, las artes escénicas, como manera de estar en la vida, desviviéndose por ello y, a veces, hasta viviendo, en términos económicos, de alguna actividad relacionada con las artes escénicas.

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  • Sin entrar en demagogias y absolutismos, me declaro fascinado por aquellas personas, grupos o compañías en las que su historia nos recuerda el valor de algo tan poco actual como es la coherencia. Ser coherente en formas, en las relaciones de producción, en los asuntos que trata. Sin proclamarse apóstoles de nada, pero que siempre se encuentra en sus propuestas unas señas de identidad. Y no estoy hablando de fanáticos de nada, sino de quienes han ido acomodando sus ideas estéticas a una realidad en evolución, confluyendo en unas estéticas que se pueden incluso radicalizar, para ir investigando en la siempre recurrente oscuridad que las artes escénicas propicia debido a su poca estructura fiable en dóonde desarrollar en plena libertad cualquier indagación que se aparte de lo que prevalece en cada momento dentro de las modas, los resguardos de pertenencia a la nada y los personajes que llegan y se van.

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  • Escribo estas líneas horas antes de la celebración de la gala de entrega de los Premios Max que, un año más, despierta sensaciones encontradas. He escrito mucho sobre estos premios, he sido parte de ellos, hace unos años con un premio autónomo, que entregábamos algunos periodistas especializados y críticos, cuando cambió de modelo formé parte dos años en los jurados que seleccionaban los candidatos, y en una ocasión también del que otorgaba los premios. Antes la votación era abierta, se apuntaban los interesados en participar y votaban. Hubo un año que se cometió el gran error de que el voto final estuviera en manos de los miembros de la Academia de las Artes Escénicas. Un desastre. Los miembros de esta entidad, en aquellos momentos estaban muy atomizados en varias comunidades. Y se notó. Vaya si se notó. Rozó casi el escándalo.

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  • Que la marea no te arrastre

    Ha sido una semana cargada de emociones personales, teatrales, políticas. Reitero mi animadversión a los obituarios. Hace años que no acudo a ningún sepelio ni otra actividad colectiva del ritual. He aprendido a guardar en mis altares interiores todas las velas, todos los rezos, todas las jaculatorias. El dolor por una pérdida es material que va agrandando mi magma que espero algún día explote en un volcán ordenado, no solamente en estas homilías luneras que cada semana me retratan y condicionan casi toda la capacidad de apartarse de la maldita vanidad de creerse que se puede navegar por la realidad con bandera pirata. Formamos parte de un conglomerado de necesidades, obviedades y coincidencias que conforman una personalidad, no siempre bien encauzada.

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  • Tras el fallecimiento de Alfonso Sastre con noventa y cinco años se ha puesto en erupción ese volcán tan español que suelta un magma confuso de personas que teniendo algún poder lo han ignorado de una manera consciente, de aquellos que, de repente, se convierten en su defensor, de quienes sin leerlo se muestran fieles seguidores y de aquellos que, teniendo una relación estrecha, verdadera, se han presentado con esa prudencia emocional que el propio Alfonso transmitía.

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  • Ni entrenándome durante años me podía salir un titular más obvio: todos los oficios que sirven para realizarse el acto final, eso que se convierte de manera inexcusable en un hecho teatral, son necesarios, imprescindibles y aportan calidad, entidad, seguridad a lo insustituible, que es el intérprete. Partiendo de este punto, cuesta entender de una manera razonable y tranquila lo que está sucediendo en estos momentos con la apertura de una bolsa de contratación para diversos edificios dependientes del Ministerio de Cultura. 

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  • Comienza una nueva temporada y todo es magnífico si nos atenemos a los gabinetes de prensa de los teatros e instituciones y de todos los palmeros que viven de ellas. Es una nefasta costumbre el no informar, sino hacer propaganda. Pero se ha instalado en el quehacer devaluado de la información cultural y más concretamente en la dedicada a las artes escénicas. Informar no es aplaudir previamente, ni es criticar por adelantado. Es hacer algo tan sencillo como presentar a todos los lectores, oyentes o televidentes lo que se ofrece con la mayor cantidad de datos objetivos, con la menor cantidad posible de adjetivos, muchos verbos, muchos datos y mucho conocimiento. Exactamente lo que ahora no se hace. Ahora se copia y se pega la nota de la agencia de prensa correspondiente y punto. Este sistema es nefasto, pero tiene una explicación sencilla: no hay personal, no hay medios, los especializados viven de las publicidades que les ponen los que generan las noticias y así la cadena de insuficiencias racionales, periodísticas y críticas se retroalimenta hasta el colapso.

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  • En el centenario de Fernando Fernán Gómez se están escuchando tantas exageraciones panegíricas, que cuesta asimilarlas sin haber pasado una tarde a la sombra de una higuera libando alcaloides con refrescos. De todas las cuestiones que se han planteado, la que me parece más relevante es su capacidad de escritura. Después de hacer centenares de películas, unas decenas series, actuar sobre las tablas, le quedó tiempo para escribir novelas, memorias y obras de teatro, algunas de las cuales se pueden considerar, desde la mirada actual, como referencias. Cada cual puede rescatar de su memoria montajes teatrales, películas, series o en mi caso sus memorias. Ejemplares. 

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  • Cuarentena colombiana

    Estoy confinado, en cuarentena por el hecho de haber llegado de Colombia. En Barajas me hicieron test de antígenos que resultó ser negativo. Yo pasé hace meses la COVID-19, después me vacunaron dos veces, tengo todos los certificados, pero aún así, tengo que estar en cuarentena por el simple hecho de viajar desde Colombia. Me llamó un rastreador del ejército para recordármelo. Parece un exceso de celo. O una discriminación. Estando allí, me enteré de que las personas colombianas no pueden entrar en Europa desde hace apenas dos semanas. La causa es que unos pocos falsificaron unos certificados de vacunación. Pagan todos. Quizás esta cuarentena que vivo se deba a un efecto colateral de esas falsificaciones. Algo que abunda en una estigmatización de un gran país que está viviendo convulsiones sociales y políticas.

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